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Verano del año 1990. Yo era una niña de tan solo 9 años, jugaba con mis primos, tan feliz y, de repente, un dolor insoportable nacía dentro de mis entrañas. Me fui corriendo a casa. Nada más llegar le dije a mi tía: “me duele muchísimo la tripa, creo que he desayunado mucho”. Me eché en la cama y, al rato, tuve la sensación de que me había hecho pis. Extrañada fui al baño, donde descubrí que lo que creía que era pis era sangre. En ese momento comencé a sudar, la vista se me puso borrosa. Me asusté tanto que no era capaz ni de gritar. Me limpié y volví a la cama y así comenzó todo.

Sí, así comenzó todo, con un dolor fuerte de barriga, la sensación de haberme hecho pis y unas bragas empapadas en sangre. Todo quedó ahí y guardé silencio. Pasaron los días y aquella sensación desapareció. Meses más tarde la situación se volvió a repetir. Esta vez el escenario era distinto, me encontraba en mi casa, en Gijón y esta vez sí lo compartí.

Estábamos cenando, miré a mi madre y le dije: “estoy enferma”. Mi madre dejó la cuchara encima del plato, extrañada: me dijo “¿cómo que estás enferma?, ¿tienes fiebre?”. “no, lo que tengo es sangre, contesté.

A partir de ahí todo cambió. Con 13 años recién cumplidos llegó mi primer ingreso. Cada mes, de manera puntual, ese dolor insoportable se apoderaba de mi cuerpo. Recuerdo esa frase: “no te preocupes, esto nos pasa a todas “. Yo solo podía pensar: “¿En serio todo el mundo tiene este dolor y es capaz de no darle importancia?”.  Probé de todo, en aquella época se llevaba la pastilla Saldeva, pero yo me tomaba una tras otra y aquel dolor insoportable no desaparecía.

Una mañana, antes de ir al instituto, me desperté y ahí estaba otra vez ese dolor, llegue al baño casi arrastrándome, estaba mareada, tenía sudores y en mi casa ya no había nadie. Me vestí como pude, cogí el ascensor de mi casa agarrándome las paredes, entré en el bar que por aquel entonces era de mi tía. Menos mal que la tenía cerca. Me fui directa a la cocina y una vez que llegué, me desplomé. Lo siguiente que recuerdo es que estaba en un centro médico, mi tía a mi lado manteniendo la calma.

Una vez que mi tensión volvió a ser normal, estaba de nuevo en casa. El diagnóstico era bastante sencillo: bajada de tensión por dolor menstrual, y ahí se quedó todo.

Llegaron dos años muy complicados raro el mes que no acababan urgencias. Yo seguía sin entender cómo las mujeres podían aguantar ese dolor, me sentía débil, empecé a pensar que era peor que las demás. ¿Por qué ellas lo aguantaban y yo no?

Las visitas al ginecólogo eran habituales y todos me decían lo mismo, la regla duele, hay mujeres que lo llevan mejor que otras, tú toleras peor el dolor

Con 16 años llegó mi 1ª píldora anticonceptiva y ahí vi la luz. ¡Ahora sí que era la mujer más feliz del mundo! La píldora no me daba efectos secundarios, no engordaba, no me hinchaba y los dolores habían desaparecido, frente al desconocimiento era tan feliz.

15 años después decido que es el momento de dejar la píldora. Me costó porque temía que volviera otra vez ese dolor. Los primeros meses fueron fantásticos, cero dolor, sangrados normales. El ginecólogo me llegó a decir que quizás mis reglas se habían regulado. Pero no, amigas a los 3 meses los dolores volvieron y aquí empezó mi larga lucha de no rendirme y saber qué era lo que estaba pasando .Llegué a visitar hasta 5 médicos distintos y solo uno nombró la palabra endometriosis .

Cuatro años más tarde decido que es el momento de ser madre. Había llegado a mí la persona perfecta, me encontraba en un momento muy bueno de mi vida, así que nos pusimos a ello. Tras un año de intentarlo de manera natural, el bebé no llegaba. Yo tenía 35 años. Me puse rápidamente en acción y me pusieron en lista de espera la Seguridad Social para un tratamiento de infertilidad. Comenzamos por la parte fácil, o eso decían ellos, analítica y revisión para ambos, tratamiento y primeras inseminaciones (esto de la infertilidad me daría para otro post, así que lo dejamos para más adelante).

En la tercera inseminación, llego a uno de mis revisiones y, de repente, la ginecóloga se detiene. Está ahí con el ecógrafo arriba y abajo, yo empiezo a ponerme nerviosa porque nunca había tardado tanto en hacer una ecografía. Llama a otra ginecóloga, las dos se van para afuera. Vuelven a entrar y me dicen: “hay una bolsa, ¿estás segura de que te ha venido la regla” .Deciden que me vaya a otra sala donde hacen las ecografías para embarazadas. Al parecer, ese ecógrafo es bastante más potente. Una vez allí y tras 5 minutos de revisión, la doctora me dice tienes adenomiosis . ¿Adeno qué? La adenomiosis es la presencia de tejido endometrial, que es la capa más interna del útero incluyendo sus glándulas, que se ha pasado hacia el miometrio, la capa muscular del útero, causando un engrosamiento uterino.

Después de esa consulta comienzan mis investigaciones, y descubro que no solo parezco adenomiosis, sino que, además, mi útero tiene forma de T y el tejido endometrial también ha viajado fuera de mi cavidad uterina y aquí es donde por primera vez alguien me confirma que tengo endometriosis.

No os podéis imaginar la sensación de alivio. Por fin, 30 años después entiendo por qué tenía esos dolores tan fuertes, por qué me desmayaba, por qué a veces tenía dolores al defecar, por qué estaba tan cansada, por qué tenía esa fatiga y, lo más importante, me di cuenta que yo no era una mujer débil .

Ahora, cerca de cumplir 39 años y con la enfermedad diagnosticada, lucho por un sueño: ser madre.

Una de cada 10 mujeres padece, una enfermedad que tarda, de media, 9 años en diagnosticarse. YO soy una de ellas. No permitas que nadie te diga que eres débil y que la regla tiene que doler. Juntas somos más fuertes.

 

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